Radiohead en concierto - Imagen pública

Preámbulo inverso a un concierto

Radiohead en concierto - Imagen pública
Radiohead en concierto – Imagen pública

por Andrea Alamillo Rivas

Immerse your soul in love…
Radiohead

Son pocas las veces que dejo de lado la sensación de abandono y la abstracción sesgada para preguntarme por la soledad de los dioses.

Fue en medio de un concierto donde una inminente tristeza me encontró lamentando el destino de las deidades. Esa noche, mientras suspiros de guitarra y el descaro de la lluvia, tuve una visión: misticismo haciendo de las nubes una cuna en donde habría de parar toda la desolación. Inútiles, dispensables, los dioses miraron hacia las creaciones que creyeron suyas y lloraron.

Seres de fuego, piel de serpiente, cabezas, colmillos, truenos y sacrificados; todos ante la misma imagen insoportable, todos abandonados por el hombre. Sustituidos por aquellos que no poseen divinidad y cuyos abrazos, sin embargo, son mucho más que las promesas intangibles de paz infinita. 

Creyéndose portadores de la vida y siendo recordados cuando muerte, los dioses situaron sus miradas sobre el recinto en que miles de fieles desparramaban sus existencias, entregados en carne y alma a un ritual donde, en el centro del altar, no existía divinidad.

¿Qué pensarán los dioses –me pregunté– al mirarnos revueltos así, en un éxtasis de cuerpos otorgados al sonido detenido en el espacio por la voz de Thom Yorke?

Radiohead en concierto - Imagen pública
Radiohead en concierto – Imagen pública

¿Qué vida podía darnos entonces ningún dios? Y son los hombres mismos quienes se regalan vida: quienes, en un fluir universal explotan a medio aguacero y no son individuos sino aullidos, vida regada danzando, alzando los dedos, ondeando las extremidades hacia las alturas desde donde los compositores de arrebatos pulsan, en la anatomía de la música, el desgarre preciso para dar en la médula del alma.

Y es el hombre la colisión que busca arte y trasciende al egoísmo de los altísimos que se pretenden perfectos y buscan diezmos y sacrificios a cambio de una eternidad entre nubes, sin toda aquella fractura que es la verdadera autora de los versos que anhela el hombre.

Los dioses miraron con todo su poder resignado a la eternidad del hombre, a la convulsión de un espíritu cedido sin preámbulos, sin juramentos ni más sacramento que el de un aullido y un coro haciendo al aire y a la tierra parte de ellos y de aquellos adorados que no son más que hombres siendo hombres y sumergiendo a las almas en amor…

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