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Delirios comunicativos III

Palabras - Imagen pública
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por Andrea A. Rivas

El hombre tiene la necesidad de apropiarse del mundo. Quizá –yo cómo voy a afirmarlo– porque no tiene otra cosa. Quizá porque en el origen el mundo era de los animales, de una naturaleza donde el hombre está solo, donde no termina de sentirse parte. Desprovisto de la fuerza física para hacerse de protección, crea armas y no es suficiente. Intenta dominar a todo aquello que lo intimida. Se hace de comodidades. Se protege y no es suficiente. No es suficiente poseer materialmente. ¿Cómo hacerse dueño de todo lo que lo rodea, de todo aquello que ve, incluso cuando no puede tocarlo? Sol, estrellas, nubes, tierra, lagos, sal. ¿Y aquello que no se ve pero que siente, que sabe, que le está en venas y arterias..?Dolor, tristeza, éxtasis

El hombre tiende, desde siempre, a las religiones. Mira hacia lo etéreo, hacia lo intangible. Se busca el haber de otro mundo, uno que no tocamos, uno donde el alma es superior y ¿cómo conquistar este otro mundo cuya forma desconocemos pero cuyo significado sentimos?

Palabras. Palabras para aprehender el todo. Palabras para entender aquella naturaleza que parece peleada con un existir donde no hay puentes entre unos y otros, donde la necesidad de trascendencia es tanta que precisamos comunicar más allá de lo básico indispensable para sobrevivir: el hombre hace una diferencia: vivir / sobrevivir. Da sentido.

 No pretendo marearlos, bicho-lectores, ni hacerlos creer que en estos esbozos de delirio que planteo encierro la Verdad (Verdad que, además, el hombre intenta aprehender también a través de diversos lenguajes); yo comparto, nombro, significo y quién sabe, con suerte, comunico.

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¿Imaginan un mundo sin palabras? ¿O un mundo donde cada enunciado que pronuncien nuestros labios esté apegado a las normas de la Real Academia o alguna de las tantas academias de las tantas lenguas? No quisiera que… Creo que en semejante mundo seríamos todos iguales, no equitativa y democráticamente, sino mecánicamente. (Pero ése es otro delirio…).

Lo caótico, irremediable y maravilloso de esto es que somos irrepetibles y nuestros significados son incomprensibles en su totalidad –y seguro en la próxima conversación donde no se me entienda ni el saludo me trague cada una de estas positivas palabras.

Porque quizá sólo algunos -tal vez lectores ávidos de Cortázar- decimos café con leche y sabemos, no la mezcla de agua, café y leche, o leche hirviente y café, o espresso y leche, sino un ser, un estar como de ronroneo entre los brazos, como de calidez en un lugar cerca del alma y del suspiro; un estado en el que decir “bien” sería insuficiente, sería omitir lo sublime y abrazar la mediocridad de un día a día que se llama de la misma manera siempre, como si eso fuera todo.

Y entonces cómo. El universo se quiebra. Porque si uno le responde “tan café con leche…” al individuo que te preguntó “¿cómo estás?” por la mera rutina de hacer esa pregunta sin esperar respuesta… bueno, no pasaría nada, pero ¿para qué? No habría un puente. Él no entendería la respuesta que no esperaba escuchar.

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En algún momento de mi vida me vi frente a la palabra langosta. Yo no sé si sea cierto. No me importa tampoco. El caso es que la resignificación que tuve de ella me lleva a que los fonemas “langosta” suenen tan inverosímiles que la única forma que me queda es lobster y el universo que se despliega frente a mí contiene tantos significados que mejor no mencionarla en una conversación cualquiera. Mejor no explicar. Porque si tiene que explicarse, ah, qué tedio.

Y no es que no se quiera comunicar, no es que no se quiera compartir, es que los puentes, es que uno teme que el significado se rompa, que esa trascendencia, que esa comprensión que nos hemos hecho del mundo se vea violada, pervertida por las visiones que no son nuestras, que no nos son, que no comparten nuestro imaginario ni nuestro ser en el mundo.

Probablemente de las tres entregas de este trabajo, ésta sea la menos exacta, y es que aquí es donde todo el chorro de pensamientos confluye y me deja a la deriva, en el preludio de un café con leche que lentamente va preparándose, cosechando los ingredientes, esperando la temperatura precisa, la densidad idónea, la unidad de café intenso y vivo con leche caliente –nunca hervida–, en la adecuada medida, con el dulzor necesario para hacer del producto final un ¡ah..!

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