Palabras - Imagen pública

Delirios comunicativos II

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Palabras – Imagen pública

por Andrea A. Rivas

De regreso con los delirios comunicativos; la semana pasada esbozaba esta maraña de pensamientos que me surgen al hablar de comunicación y más aún, de las palabras y del peso que tienen éstas tanto en nuestra percepción de la realidad, configuración como individuos y relación con el mundo.

¿Miraron el video que les dejé? Aquí está, por si no:

¿Se dan cuenta de cómo, al parecer, la ballena humanizada necesita reconocer su identidad y para ello hace uso de las palabras? Sucede que para aprehender la realidad, el mundo de lo conocido y lo tangible, el hombre necesita ponerle nombre a las cosas; tal parece que, si no se nombra, no existe.

Pero antes de profundizar desmedidamente en esto, vamos a ver qué rayos son las palabras. Para estos propósitos podemos entender a la palabra como la relación entre significado y significante: tenemos, por un lado, que don Saussure nos explica cómo esta relación entre palabra y significado es arbitraria, es decir, no hay un porqué. La palabra amor bien podría ser asdsfgea: el punto está en la convención. Entonces las palabras, la lengua que hablamos y la manera en que la hablamos, son aprendidas. Y ya está. ¡Qué fácil! No hay relación. Duda resuelta.

Híjole, pues no, y es que empezamos el párrafo anterior con la expresión por un lado y entonces hay otro lado. Y por ese otro lado: ya entendimos, más o menos, que las palabras son memorizadas, vaya. Un bebé señala para todos lados “¿ete?” y su mamá le repite el nombre de las cosas, pero en nuestra mente van creándose relaciones más complejas que la de palabra-objeto.

El sonido “chilaquiles” es el significante, lo emitido, las grafías; en cambio la imagen mental que acude a nosotros cuando escuchamos estos fonemas, el olor a salsa, los colores que miramos deslizándose por el plato, el recuerdo de esos últimos chilaquiles que desayunamos para curar la cruda, todo esto, es el significado.

Vemos por un lado, que dentro del significado hay mucho más que la imagen de unos chilaquiles estáticos y predeterminados exactamente iguales para todas las personas que escuchen esta palabra. Quizá alguno de ustedes odia los chilaquiles y entonces pensó “guácala” y esos colores que para los hambrientos de una noche tibia resultaron seductores, para ustedes, lectores anti-chilaquiles, resultaron nauseabundos. Incluso, seguramente, imaginaron el color de los chilaquiles, pero yo no les hablé de la salsa de chile morita, o de tomate verde bien asado, o de jitomate gordo y rojo, el color de los chilaquiles fue de su cosecha, a mí no me achaquen semejante responsabilidad.

He ahí el predicamento. Ahora hablamos de chilaquiles. Quizá un japonés no sepa de lo que hablamos, pero entre nosotros no existe demasiado conflicto si yo les cuento que cené chilaquiles y ustedes evocan el color incorrecto de salsa, sin embargo, ¿qué pasa cuando hablamos de cuestiones más importantes que ésta? ¿Cuándo interpretamos, cuando el significado de lo que se nos dice o lo que decimos es entendido, precisamente como con los chilaquiles, desde el punto de vista y conocimiento subjetivo del oyente? La comunicación resulta imprecisa. Ocurre el clásico diálogo de: pero no nunca dije eso.

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¿Cómo hacerle? Ni siquiera pretendo intentar dilucidar una respuesta para ello –aún–, sin embargo surge esta otra pregunta: ¿por qué nos es tan importante esta comunicación? ¿Por qué la necesidad necia de ser comprendidos, de expresar lo que nos es y expresarlo, además, clara, casi fotográficamente? (Y hago un paréntesis porque esta metáfora de pronto me parece absurda. Una fotografía no representa ni el 50% de la realidad, ¿y lo táctil, lo auditivo, el clima, los olores..?)

Comunicarnos no sólo por señas, no por gemidos y vuelos como las abejas, sino por palabras, distinto a cualquier otro ser vivo de la creación… No tengo la respuesta, por supuesto; sin embargo, les comparto mis dudas para que el insomnio sea colectivo y,como la semana pasada, les dejo un cachito de lo que me leerán la siguiente:

“Flusser, por otro lado, cree que el diálogo es el propósito de la existencia. El sentido de responsabilidad inherente a la relación dialógica entre emisor y receptor ofrece al emisor una oportunidad para dar sentido a su propia vida frente a la entropía y la muerte.”

 

(Nota: Tengo que dejar un agradecimiento y constancia de no-cinismo a Juan Carlos Reyes, quien sabrá Tláloc si recuerde mi existencia, y quien durante sus clases se encargó de patrocinarme todas estas dudas existenciales y parte del material -el video de Youtube, por ejemplo- que he estudiado para intentar… hacer algo con ellas.)

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