Escritura - Imagen pública

Todos tenemos que aprender alguna vez

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Escritura – Imagen pública

por María Mañogil

Hace unos meses leí una columna (iba a decir una vez, pero mentiría, ya que la leí varias veces porque me encantó) de una amiga y muy buena columnista de esta misma revista, en la que hablaba sobre los recuerdos y hacía mención a una película que trataba sobre ese tema. Yo descargué la película y la vi, y en estos momentos, mientras escribo, estoy escuchando una canción que pertenece a su banda sonora y que ¿para qué voy a ocultarlo? me hace llorar.

Hay pocas cosas que no me hagan llorar y la letra de esta canción, compuesta únicamente por cuatro frases que, junto con la música son todo cuanto necesita para darle sentido, no podía ser menos. Al fin y al cabo, cada frase que escucho no es más que un fragmento de lo que estoy sintiendo y de lo que me gustaría decirles a muchas personas, algunas de ellas muy cercanas y que forman o han formado parte de mi vida, sólo que a mí me gustaría hacerlo con mis propias palabras y sobre todo en mi idioma. Y eso es todo lo que voy a intentar, con la esperanza de que, al menos, les llegue una pequeña parte de lo que pienso y si lo consigo, sólo con eso ya me daré por satisfecha. Lo demás, lo que se me escape al escribir o lo que no llegue a ser un mensaje claro, siempre se quedará en el mismo lugar de donde salió; de alguna forma, al escribir, aunque no se exprese todo, siempre queda algo de lo no expresado entre palabra y palabra.

Desde hace bastante tiempo llevo queriendo escribir esto, pero nunca me había decidido a hacerlo y no encuentro ninguna razón que explique el porqué no lo he hecho antes. Quizás no tenía ni idea de como empezar y es que es un tema que me afecta, que me duele y que me me emociona tanto, que no sé si seré capaz de encontrar las palabras exactas que quiero decir. Nunca me había pasado antes, ya que siempre he escrito sobre cualquier cosa que se me ha ocurrido, me afectara en mayor o menor medida, y aunque a veces me he liado, llegando a desviarme del tema sobre el que había empezado a escribir y he acabado escribiendo sobre otro, al final siempre he conseguido volver al punto donde me perdí. Esta vez es diferente porque ya estoy perdida antes de empezar.

Podría contar una historia y todo sería más fácil, pero ninguna historia encajaría aquí, ni mucho menos englobaría a un grupo de personas que son por y para las que estoy escribiendo.

Esto no es un regalo para ellas ni tampoco un homenaje. Ojalá pudiera hacer que lo fuera.

Cuando somos jóvenes los años pasan muy despacio. Recuerdo que cuando era niña lo que más deseaba era hacerme mayor. Los días me parecían muy largos, no veía el momento en que empezaran las vacaciones de verano para no tener que ir al colegio. En la adolescencia se me hacía eterna la semana esperando que llegara el sábado para ir a la discoteca con mis amigos. Anhelaba el día en que cumpliera mi mayoría de edad, pensando como la idiota que era, que ese día sería especial, que de repente todo iba a cambiar para mí, como si el breve instante en que pasas de tener 17 a 18 años fuese igual que contemplar el sol a través de unas gafas de esas que venden o regalan en los periódicos para proteger las retinas cuando hay un eclipse. Como ver una estrella fugaz y pedir un deseo, esa es la sensación más parecida a cumplir la mayoría de edad. De repente ya eres mayor y haces una fiesta espectacular para celebrarlo y a la mañana siguiente te das cuenta de que eres la misma persona que ayer, que nada ha cambiado.

 Nada cambia de la noche a la mañana, o al menos no nos damos cuenta mientras sabemos o creemos que tenemos toda la vida por delante y que siempre vamos a estar bien.

Nebraska - Fotograma
Nebraska – Fotograma

Sólo somos conscientes del paso del tiempo cuando vemos un gran cambio y ese cambio se suele dar cuando empezamos a sentirnos demasiado mayores para hacer ciertas cosas que antes podíamos hacer sin ningún problema y como parte de nuestra rutina y que en un momento dado, hacerlas se convierte en un gran esfuerzo. También puede pasar antes, cuando tenemos alguna enfermedad que nos impide, aún siendo jóvenes, llevar una vida normal y con “normal” me refiero a la vida que estábamos acostumbrados a llevar antes de enfermar.

A nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros ancianos, los hemos visto crecer junto a nosotros o, mejor dicho, no los hemos visto crecer, sino que crecíamos mientras a ellos los veíamos siempre igual, trabajando, cuidándonos, acompañándonos, ayudándonos a hacer nuestros deberes… Y creemos, o queremos creer que siempre va a ser así hasta que un día nos damos cuenta de que ya no lo es.

Cuando hablo de enfermedades no me estoy refiriendo a una gripe, creo que es evidente que estoy hablando de enfermedades degenerativas, como pueden ser, entre otras, la enfermedad de parkinson, la osteoporosis o el alzheimer. Son las que más conozco porque son las que me ha tocado ver de cerca. Al igual que el cáncer, no son enfermedades que única y  exclusivamente padezcan las personas ancianas, también hay personas jóvenes que las sufren.

Lo más triste de todo no es la enfermedad en sí, aunque supongo que es muy fácil y muy egoísta por mi parte decir esto cuando no soy yo quien está enferma. Lo que me causa más impotencia es lo que veo cada día a mi alrededor y que me trasmiten las personas que sí padecen estas enfermedades y que son personas a las que quiero, a las que quieren las personas que quiero y otras que, aún sin conocerlas, también están cerca de las personas que me han cuidado,que me han visto crecer, que me han querido y que me quieren y que, por lo tanto, son importantes para mí.

Lo que me causa más dolor, aunque a veces no sea capaz de demostrarlo, es sentir lo que sienten estas personas y saber que, aún sin ser cierto, ellas puedan llegar a creer que, debido a sus limitaciones ya no son útiles para los demás, incluso algunas llegan a pensar
que son una molestia.

He de decir que cada persona que conozco que ahora ve como su vida está limitada a causa  de una enfermedad como las que he nombrado, han sido y siguen siendo personas luchadoras, valientes y que han aportado mucho a su familia, a sus seres queridos y a la sociedad. Me da mucha pena no tener la capacidad de demostrarles que siguen aportando no lo mismo, sino más.

Ojalá se pudieran ver a si mismas a través de mis ojos. Yo les enseñaría la falta que me hacen y cuanto me han ayudado, pero sé que hacer eso nunca va a estar en mi mano y por eso prefiero escribirlo. Al menos al leer es más fácil aprender lo que un día se desaprendió o lo que una enfermedad hizo olvidar: que siempre habrá alguien en el mundo que nos necesite.

Siempre nos empeñamos en olvidar nuestro pasado, como si los recuerdos, tanto los malos como los buenos, pudieran dañarnos, unos por ser demasiado feos y los otros por envolvernos en la nostalgia de tiempos mejores y lo hacemos porque pensamos que es pasado nos impide avanzar, cuando la realidad es bien distinta.

El pasado no debería hacernos daño, es la base que tenemos para poder construir nuevos recuerdos. Nuestro pasado, nos guste o no, es parte de nosotros y eliminarlo sería igual que romper un trozo de nuestra vida. Algunas personas se empeñan en querer hacerlo.

Y mientras unos intentan borrar su pasado, otros luchan por recordarlo. Y eso es muy triste tanto para ellos como para quienes tienen a su lado, seres con los que han compartido su vida, sus sueños… y de los que un día no recordarán ni su rostro ni su nombre.

También intentamos correr, no sé para qué. Para llegar antes ¿a dónde?. Corremos para todo, para ir al trabajo, para hacer la compra…siempre tenemos prisa y el hecho de tener que esperar nos irrita y nos molesta tanto que hemos llegado al extremo de perder la paciencia incluso cuando vamos caminando detrás de una persona anciana que no lleva el mismo paso que nosotros. Hemos convertido nuestra vida en una carrera, compitiendo los unos con los otros para ver quien llega antes y sorteando los obstáculos aunque para ello tengamos que empujar o pisar a quien tenemos al lado. Mientras corremos por llegar los primeros, nos perdemos todo lo que hay en el camino y en el camino hay personas que van muy despacio porque para ellas caminar se ha convertido en un reto diario, igual que levantarse todas las mañanas, sostenerse en pie sin ayuda, comer, hablar e incluso respirar.

Mientras nosotros corremos y nos quejamos por la falta de tiempo que nos agobia y convierte cada uno de nuestros días en una carrera contra reloj, otros utilizan su tiempo (para algunos escaso) en hacer su vida lo menos complicada posible, en intentar sufrir menos, en aliviar los síntomas de su dolencia de la manera más eficaz y sobre todo, en luchar por dar un paso hacia adelante cada día y que ese paso no se convierta al día siguiente en uno hacia atrás.

Mientras nosotros nos torturamos con el problema que tuvimos el mes pasado y nos esforzamos en olvidar lo que nos duele (como si olvidar fuese tan fácil como tapar con corrector un borrón sobre un papel), otros intentan recordar lo que comieron ayer, a modo de ejercicio para no olvidar más adelante toda su vida, a sus seres queridos y hasta su propio nombre.

Yo no quiero olvidar nada de lo que he hecho ni de lo que he vivido. Tampoco quiero ir corriendo a ninguna parte porque no tengo prisa por llegar. Quiero pasar el mayor tiempo posible con quienes caminan a mi lado y si ellos no pueden correr ¿por qué he de hacerlo yo?

Caminaré despacito para no perderme nada de lo que me aportan esos que creen que ya no les queda nada por aportar. Quiero aprender todo cuanto tienen que enseñarme, porque, como dice la canción que estoy escuchando: Todos tenemos que aprender alguna vez.

Cuando estoy cerca de alguien que siente que ya ha hecho todo cuanto tenía que hacer en su vida, le diría que me hablara, que yo no voy a estar ahí escuchándole para que se sienta mejor, sino porque soy yo quien necesita escucharle para poder aprender a ser mejor persona.

Ahora que estoy acabando de escribir, escucho con más atención la canción en inglés que  no ha dejado de sonar en todo este tiempo, la misma que me hace llorar y cuya música ha sido el único sonido que me ha acompañado durante horas, mientras pensaba, escribía y corregía una y otra vez.

Ahora por fin escucho la voz del cantante y entiendo más o menos esto: “Cambia tu corazón, mira a tu alrededor… te sorprenderás”, “necesito tu amor como a la luz del sol”, “todos tenemos que aprender alguna vez”.

Es todo cuanto dice la canción, pero sinceramente, no creo que necesite decir nada más…Yo tampoco.

Para quien la quiera escuchar: 

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Un pensamiento en “Todos tenemos que aprender alguna vez”

  1. Esta es una reflexión, que muy posiblemente con menos calidad, podría haber escrito yo, hasta la última coma.
    Hablas sobre las vidas de las personas, cargadas de tantas y tantas cosas buenas unas, malas otras, (quizás la mayoría), la enfermedad y los años que nos van limitando física y mentalmente, a unos por culpa del tiempo y otros con el acelerador que da una enfermedad.
    Hablas de muchas cosas, pero voy a centrar mi comentario en una en concreto:los recuerdos.
    Cuando bien por enfermedad, bien por la edad, vamos teniendo más presentes esas limitaciones, es cuando los recuerdos van tomando un protagonismo mayor. Y claro que esas limitaciones no afectan a las relaciones que mantenemos con los demás. Y aprendemos y enseñamos sin que nada de eso afecte a la asignatura de la vida.
    Cuando es llegado el momento en que esas limitaciones físicas, no nos permiten más que recordar y con suerte seguir soñando, es cuando los recuerdos adquieren el principal protagonismo. Ya no podemos pensar en viajar, salir de fiesta, tener relaciones corporales y hasta pasear, es un lujo que nos nos podemos permitir..
    Cuando todo lo físico se pone en nuestra contra, solo nos pueden quedar los recuerdos para dar sentido a nuestras vidas. Todo lo demás ya no es para nosotros. Ya nada nos sirve. Solo nos queda poseer recuerdos.
    Y esos recuerdos, se convierten en vida. No queda nada más.
    Cuando los recuerdos se van de nuestra mente, se llevan consigo la vida. Estamos muertos.
    No puede haber nadie más pobre que quien no tiene recuerdos.
    Gracias Mari.

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