LAS GUERRAS DEL OPIO-IMAGEN PÚBLICA

Breves apuntes sobre las Guerras del Opio

LAS GUERRAS DEL OPIO-IMAGEN PÚBLICA
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por Jorge Arturo Soria

Comenzaba el siglo XIX del calendario cristiano, y la civilización occidental representada por el Imperio Británico no había producido aún nada que fuese atractivo para el País del Centro. Acaso el nombre que los chinos utilizan para su propio país no sea sino un alarde  bastante común entre la mayoría de las culturas: algunas, por ejemplo, no reconocían en otros seres humanos sino una cierta condición de idiotas incapaces de articular un lenguaje inteligente (y otras aún no la reconocen); ciertas religiones son “Universales”, como si bajo la dirección de sus palabras antropocéntricas danzaran los astros siderales, situados sobre nuestras cabezas mucho antes de que estos bichos arrogantes marcaran con la orina de su verbo todo lo existente;  y nosotros mexicanos, nada menos, vivimos en un país que es, según algunos, el Ombligo de la Luna. En este estado de cosas, sin embargo, como en todos los estados, resulta pertinente ofrecer a cada cual algún mérito posible y el hecho es que, en el caso de los chinos, hasta el siglo XIX, y probablemente desde la caída de ciertos grandes imperios de la antigüedad, eran, en efecto, el centro de mayor ebullición social, económica e intelectual del planeta.

¿Qué podía ofrecer una isla fría y lluviosa del hemisferio norte que toda su cacareada grandeza la había obtenido de la piratería y de explotar a los grandes reinos de la India,  qué podía ofrecer este pequeño y petulante país al reino más longevo de la Tierra?  En aquel entonces, una buena parte del gasto británico en importaciones se empleaba en pagar el té chino que luego (también) fue apropiado como una noble costumbre inglesa a las cuatro de la tarde, y que no sólo se embarcaba a toneladas desde China —recordemos que las prohibiciones impuestas a la exportación de té destinado las colonias inglesas en América fue uno de los detonantes de la Guerra de Independencia Norteamericana. Y no hablemos de la porcelana china, ni de las lacas, ni mucho menos de la pólvora a la que tanto provecho le sacaron los europeos, y no precisamente para fuegos artificiales (uso primordial que tuvo entre los chinos).

Pero tampoco hablemos más de historia, que yo quiero hablar de otra cosa. Porque, en resumidas cuentas, no pudiendo ofrecer algo más, Gran Bretaña ofreció opio a los chinos. Hundreds and hundrends of tons. Hasta que la drogadicción se volvió un cáncer nacional, extendido lo mismo entre los campesinos que entre los funcionarios de la corte de los Qing. Yo, sin embargo, no he visto que hasta ahora haya caído una vergüenza nacional sobre Inglaterra después de un suceso éticamente tan discutible, como sí cayó sobre Alemania después de la Segunda Guerra Mundial. Y como ha caído sobre nosotros el estigma del narcotráfico, y como sobrevino sobre Colombia hace treinta años. Estigmas que la industria cinematográfica angloparlante se encarga de recordarnos año tras año, desde películas sobre piadosas niñas que ayudan ofreciendo libros a los refugiados, hasta comedias que nos recuerdan que, a final de cuentas, para los gringos blancos puede ser una gracia perdonable traficar con droga de un sitio a otro de la frontera.

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En realidad, las Guerras del Opio marcan una nueva época en la historia de la humanidad y sin embargo, pasan casi desapercibidas en los libros de historia y en el imaginario global de nuestra época. Pero podría apostar a que los chinos no las han olvidado y ahora las revierten, forzando la apertura del mercado global a sus productos que muchas veces son de pésima calidad. La nación del centro vuelve al centro nuevamente, después de una humillación que quizá sólo había tenido precedentes con la devastación de los reinos de Mesoamérica y Perú. Sí, por parte de Occidente. Tal vez algún día volvamos sobre esta triste “anécdota” que los honorables ingleses han querido que olviden los libros de “historia universal”, y comprendamos que, a partir de entonces, la introducción, lícita o ilícita de estupefacientes, ha venido a ser un arma más poderosa que la pólvora.

Por supuesto que, al margen de las interpretaciones políticas que puedan desprenderse, no pretendo hacer una crítica izquierdista de los procesos referidos anteriormente. Que si las Guerras del Opio fueron una estrategia de capitalismo salvaje, me interesa muy poco o nada. No he venido a hacer una apología del gobierno cuasi rojo de la roja República Popular de China, bajo cuyos rascacielos (¿capitalistas?) han perecido templos y palacios de dinastías que acaso los mismos chinos prefieren olvidar. Indudablemente, una interpretación de la historia que pretende encasillar la abrumadora gama de fenómenos humanos individuales y colectivos bajo la exclusiva dinámica de “lucha de clases”, me parece reduccionista y teóricamente eurocéntrica.

En el fondo, no sé si profundo, pero oscuro definitivamente, de la fábula ensombrecida que son las Guerras del Opio, flota una imagen definitoria de lo que fue aquella China Antigua, tan obvia y a la vez tan ignorada en sus implicaciones, que se ha convertido en el único referente que tienen la mayoría de las personas sobre el país oriental. Se trata de la Gran Muralla. Miles y miles de kilómetros alineados sobre las montañas hasta ingresar en el mar, un hermoso y breve recodo en las costas de Shanhaiguan. La antigua China fue, hasta donde sabemos, el único país que se ha aislado a sí mismo mediante una estrategia tan ingenua y ostensible. Y, aunque ostensible e ingenua, es reveladora de su profunda vocación solitaria: gigante y autosuficiente, quizá internamente fragmentada durante algunas épocas, China fue capaz de elaborar una cultura vastísima, textual y materialmente hablando, con apenas influencia de culturas extranjeras (la influencia que ejerció durante algún tiempo el budismo importado de la India es una notable excepción).

LAS GUERRAS DEL OPIO-IMAGEN PÚBLICA
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Al final, caben algunas preguntas: ¿No repetimos desde nuestra pequeña escala de individuos ese mismo atropello, una y otra vez, en nuestra insistencia sobre el valor exagerado del gregarismo? ¿No es la insistencia en volvernos sujetos absolutamente sociales lo mismo en el centro comercial que en la marcha revolucionaria, una presión del mercado, pero también, en el fondo, parte de una cosmovisión arrogante según la cual nadie se encuentra en posibilidad de ser autosuficiente? Yo, que utilizo el lenguaje como materia prima ahora mismo, no debería creerlo, pero a veces este pensamiento se desliza sobre mis palabras. Y sobreviene el silencio.

El valor exagerado que damos a la vida de la polis tiene sus raíces en Grecia,  cultura original y señera de Occidente, y no por casualidad, el eurocentrismo que desbarató sin miramientos a tantas otras culturas, fue, antes que nada, un helenocentrismo. Eurocéntrica y helenocéntrica es la historia que todavía enseñan en nuestras escuelas bajo el rubro equivocado de “historia universal”, cuando no es sino la historia de una pequeña porción del mundo habitada por una pequeña porción de la humanidad.

Al final, la historia de las Guerras del Opio, como la historia de la conquista de América y la de la esclavización del África Negra, no es, como podría parecer incluso desde una interpretación de izquierda, la historia del triunfo de una sociedad superior (económica, cultural o simbólicamente) sobre otra, ni la de lucha de clases (¿qué clases lucharon, si hubo lucha, en el envenenamiento sistemático de una nación?), sino la historia de un ente despótico que desencadena su cólera cuando otro le dice, casi siempre con serenidad: “He vivido durante miles de años sin tu tecnología ni tu ayuda, ni tus espejitos ni tu oropel. No me haces falta”.

Y aunque los chinos se las arreglaron para llegar a un fin bien diferente, y acometer un desagravio al principio imperceptible pero que ahora espanta a los economistas de Occidente, quizá nosotros podamos sencillamente detenernos ante un aparador de iPhones, o ante las puertas de una amistad narcisista e invasiva, o ante el horror de violencia que nos depreda todos los días en la calle, o ante el opio que nos promete la fragante evasión, y murmurar:

“Estoy completo sin ti. No me haces falta”. 

 

Bibliografía:

Franke, Herbert (1985). El Imperio Chino. México: Siglo XXI

González Huertas, Ramón (2009). Historia de China. Madrid: Editorial Libsa.

Página web: http://www.ub.edu/geocrit/b3w-95.htm

Documental: http://espanol.cntv.cn/special/yuanmingyuan/portada/index.shtml

(Interesante documental de la Televisión Central China sobre el saqueo y destrucción del palacio de Yuangmingyuan durante las Guerras del Opio)

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