ESTILO KITSCH-IMAGEN PÚBLICA

So Kitsch me (segunda parte)

KITSCH-IMAGEN PÚBLICA
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Por Carolina Vargas

“El kitsch se muestra vigoroso durante la promoción de la cultura burguesa, en el momento en que esta cultura asume el carácter de opulenta, es decir de exceso de los medios respecto de las necesidades, por lo tanto de una gratuidad limitada, y en cierto momento de ésta, cuando la burguesía impone sus normas a la producción artística. El kitsch por eso nace con cachetes de amorcillo, de bebedor tirolés, de Monalisa impresa en un plato.”  – Abraham Moles

Abarrotamiento, acumulación, sinestesia, mediocridad, confort, denominadores comunes de la vulgaridad y la cartonería poética, el adorno fácil y barato para evocar distinción y aristocracia, un espejismo barato, como una bandeja de plata repleta de galletas de animalitos, nada valioso pero altamente disfrutable. Esto queridos lectores son solo algunas de las características de la actitud kitsch.

A finales del siglo XIX el auge en la industria, la colonización y el pujante nuevo siglo llenó a Europa de muchísimos “nuevos ricos” quienes buscaron a toda costa un lugar dentro de la decadente burguesía, estas personas elevaron notablemente su calidad de vida, gracias a su cambio de “estatus social” y para poder ser aceptados de manera oficial dentro del armatoste burgués, los nuevos ricos dieron rienda suelta a su nueva capacidad de consumo “adoptando” el estilo de la gente rica, para demostrarle a los odiosos riquillos que ellos ahora eran tanto o más pudientes. El resultado, como era de esperarse fue desastroso, llevaron la opulencia a términos excesivos abusando de espacios, texturas e intención, el consumo prevaleció por encima del valor estético producto de la idealización del lujo, la comodidad y sobre todo el poder. Fue así como surgió el término kitsch, que es una derivación del verbo alemán kitschen que básicamente se refiere a la mugre callejera, lo vulgar o que te den gato por liebre, en pocas palabras: aparentar. Quizá lo que rescata un poco a esta forma de consumo en el arte, es su dignidad, el eterno sentimentalismo y la ternura que provoca ver el reloj cucú colgado de la pared. Admitámoslo todos tenemos un lado cursi y añejo que se niega a morir.

La realidad es que todos vivimos de apariencia y de nostalgia, lo queramos o no, hasta los más duros tiene su lado flaco y arrabalero, nunca he conocido a nadie que no disfrute de un café de cadena –que en sí mismo ya es una grosería- mientras va rumbo a la escuela u oficina en una camión destartalado y sin suspensión trasera, quejándose del costo del pasaje cuando el espresso que se viene tomando cuesta de 4 a 5 veces más. El deslumbramiento por el lujo, el estatus y la sensación de poder que brinda esa agenda con una ilustración de Van Gogh en la portada, el espejo con el gatito guiñando un ojo, el llaverito de la Torre Eiffel, todos son absurdos, no tienen ningún sentido, en realidad su adorno no sirve para nada, un cuaderno mientras funcione para lo que inicialmente fue diseñado no necesita de mayores adornos, pero claro ¿Por qué conformarse? ¿Por qué tomar lo simple, si se puede tener una planilla de calcomanías que jamás usaremos y que automáticamente aumenta el precio de la libreta, agenda o directorio en cuestión?

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Cada día nos vemos invadidos por más y más artículos de consumo innecesario, de apariencia vistosa, “retro”, rellenos de nostalgia y pastelosidad que nos remiten a esa rancia idea de “todo tiempo pasado fue mejor” y solo por eso hay que tenerlo. El principal problema al que nos enfrentamos es esa delgada línea entre el precio y el valor, las chácharas son baratas, pero el problema es que en casa de todos –y ahí si no nos hagamos pendejos- hay por lo menos un vitrina rellena de chingaderitas sin valor pero de harto contenido sentimental, desde los recuerditos de la boda, bautizo, XV años, los payasitos de lladro, el retablo de la última cena en repujado que hizo la tía Teresita en sus clases del DIF…y así podemos enumerar montones de mugreros arrecholados en la vitrina imitación Luis XV comprada en las rebajas de El Palacio de Hierro y se pagó en 18 cómodas mensualidades sin intereses que llevaron a la señora de la casa directo al buró de crédito, pero ¿qué importa? Es la envidia de todas sus amigas, cuñadas y comadres cuando al llegar a su comedor ven la flamante vitrina repleta de invaluables joyas de colección.

El consumo, la nostalgia, la apariencia y la pretensión todos pecamos de eso, no únicamente con lo que adornamos nuestra casa, también en lo que vestimos, comemos y escuchamos. El arte kitsch tiene múltiples manifestaciones y no somos inmunes a ellas.

El arte kitsch y sus manifestaciones son extensas, pero me gustaría cerrar estas líneas con uno de los teóricos más importantes sobre el tema: Milan Kundera.

 “Kitsch. Cuando escribía La insoportable levedad del ser, estaba un poco inquieto por haber hecho de la palabra kitsch una de las palabras pilares de la novela. Efectivamente, hasta hace poco esta palabra era casi desconocida en Francia o conocida en un sentido muy empobrecido. En la versión francesa del célebre ensayo de HermannBroch, se tradujo la palabra kitsch por ‘arte de pacotilla’. Un contrasentido, porque Broch demuestra que el kitsch es algo más que una simple obra de mal gusto. Está la actitud kitsch. El comportamiento kitsch. La necesidad kitsch del “hombre kitsch” (Kitschmensch): es la necesidad de mirarse en el espejo del engaño embellecedor y reconocerse en él con emocionada satisfacción. Para Broch, el kitsch está ligado históricamente al romanticismo sentimental del siglo XIX. Y como en Alemania y en Europa central el siglo XIX era mucho más romántico (y mucho menos realista) que en otras partes, fue allá donde el kitsch se extendió en mayor medida, allá donde nació la palabra kitsch, donde se sigue utilizando corrientemente. En Praga vimos en el kitsch al enemigo principal del arte. No en Francia. Aquí al arte se le contrapone el divertimento. Al arte de gran calidad, el arte ligero, menor. Pero en lo que a mí respecta, ¡nunca me han molestado las novelas policíacas de Agatha Christie! Por el contrario, Tchaikovski, Rachmaninov, Horowitz al piano, las grandes películas de Hollywood, Kramer contra KramerDoctor Zivago (¡oh, pobre Pasternak!), eso sí lo detesto profundamente, sinceramente. Y cada vez me siento más irritado por el espíritu del kitsch presente en obras cuya forma pretende ser modernista. (Añado: la aversión que Nietzsche sintió por las ‘bellas palabras’ y por los ‘abrigos ostentosos’ de Víctor Hugo fue un rechazo anticipado del kitsch)”

“De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. Es una palabra alemana que se extendió después da todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”*

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Estoy en casa, escuchando un mix en YouTube de éxitos ochenteros, cada uno más chafa que el anterior, sin embargo tecleo estas notas con una sonrisa en el rostro, mientras mis dedos bailan al ritmo de la música, como mi rebanada de pizza congelada y me doy cuenta de la larga lista de cosas que me hacen ser una recoge basura consumada…pero eso la semana que viene.

Continuará…

*Las definiciones de Kundera aquí citadas han sido extraídas de La insoportable levedad del ser (traducción del checo de Fernando de Valenzuela) y de El arte de la novela (traducción del francés de Fernando de Valenzuela y María Victoria Villaverde)

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