BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA

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BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA
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Por Abraham Ibáñez

-Me gustaría que una mujer con esos años y esos ojos me concediera la siguiente pieza. Dijo él con el tufo de cervezas, resabio de horas atrás en bares donde había escondido luego del trabajo para evitar la casa y el tedio, el cansancio. Ella lo invitó a sentarse. Suponía que esa noche él no, y la disposición mutua para encontrarse de nuevo en aquel sitio invitaba a pensar la coincidencia: un destino que pareció irrevocable durante el instante en el que lo vio medio perdido, dirigiéndose a la mesa donde ella bebía sola mientras los demás bailaban ensimismados, egoístas del ritual, dejándose, olvidando soledades entre la multitud.

-¿Whisky? Preguntó ella, mirando siempre el traje viejo, pensando en los orígenes de una luz apenas desparramada en aquel rincón.

Él asintió y sacó el cigarrillo. El aroma en la boca no le permitía aclararse el sabor que la música iba dibujando en la cara de los amantes que conversaban en las mesas contiguas.  

Tratarían de conversar con ese silencio prolongado entre los treinta centímetros que los separaban. Una mirada apenas iría a descubrir que tal vez no era ésa la primera vez que se encontraban tan solos, abandonados.

BAILARINES DE TANGO-IMAGEN PÚBLICA
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Afuera la noche se hacía sola. En la mesa la botella verde contrastaba con la opacidad de las voces. Desde una mano el remanente de un cigarrillo caía desperdigándose en la alfombra. Él la tomaría del brazo y ella se dejaría llevar. Los pasos tambalearían; ya no serían los mismos cuerpos que veinte años atrás se habrían encontrado por primera vez en una farra sin nombre. La música sonaba igual. Los vestidos darían vueltas en el aire, adaptados al entorno de cortinas rojas, de lunas y candiles flotando encima de la pista con destellos de suntuoso añejamiento. Los ojos se encontrarían irremediables: una sonrisa lacónica se trazaría en ambas bocas, de frente. Procurarían no hablar y desviar las pupilas.

De nuevo la mesa y una coquetería olvidada. Ella se cruzaba de piernas. Él se ajustaba el saco y la camisa.

-Tantos años, ¿eh? Insinuaba él, con los ojos perdidos entre las piernas de los bailarines a lo lejos.

-No tantos. (No somos tan viejos) Quiso pensar ella mientras se estiraba para acariciarse despacio la pantorrilla, comprobando la amplitud de sus carnes mientra él bajaba la mirada a sus pies. Se imaginaban al mismo tiempo en tantos lados, haciendo tantas cosas; vidas impensables en el camino que habían decidido tomar en algún punto, ahora lejano y ya vuelto una línea dibujada a dos manos, a cuatro, a través de tantos pasos con el mismo ayer en común. Si tal vez, si hubiera, puede que…

Otro cigarrillo y copa con hielos renovados. El fulgor de sus manos los arrastraba de nuevo al baile. Se sincronizaban aquellos movimientos obligados, los mareos, las náuseas ignoradas después de tantos giros. El beso inminente, la caricia en la espalda y el arrebato de la inercia. Ya no pensaban. Ya no pensaban pensar. Se estrujaban los alientos y los respiros cortados por una danza que disminuía su ritmo.

Escondidos entre el vaivén de la elegancia simulada. Revueltos en un montón de zapatos lustrosos, escotes recatados y palabras escuetas. Los besos seguían hirviendo con el azoramiento de testigos santurrones. Los murmullos se empezaban a distinguir. Ellos, reservados para sí mismos, se querían en una gravedad que los arrastraba a su abismo personal: las manos, la piel: buscar bajo las ropas los veinte años de un sagrado matrimonio basado en contar cada día, cíclicamente con los calendarios, y no a través de esa linealidad con el tacto y las caricias

El murmullo se tradujo en silencio. Los presentes empezaron a carraspear las gargantas. Molestos, algunos pasaron a sus mesas; otros simplemente se santiguaron y huyeron con el espanto en el rostro.

-¡Seguridad, hagan algo por dios! Gritó una anciana que se tapaba los ojos, pero no la boca, dejando ver los dientes amarillos y la lengua asqueada y blanquecina del licor.

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Los retiraban de la pista entre sonrisas joviales. Los nuevos amantes se sintieron fugitivos del perdón ajeno. La botella se iba vaciando mientras un último tango invitaba a las piernas a ser parte del festejo. Se besaban otra vez, otra vez las manos en sus espaldas. Él se dejaba caer pero ella se mantenía en pie, recordando la hora, las obligaciones. Las bocas se separarían en un soplo inmediato. La inconsciencia de él asistía a la costumbre del alcohol; lo dejaba tendido, desencontrado en sus manos vacías. Ella recogía su bolso y salía contenta, repleta de olvido, imaginando lo que el mañana sustituiría con las responsabilidades de siempre.

Al día siguiente la despedida y el quehacer cotidiano resumirían la noche en un simple conteo, en un retorno que con los días de la semana iría quedando atrás, atado a la burocracia familiar y a la prontitud de un trámite llamado amor. El escape quedaría manchado por la resaca, hundido en los alientos que habrían de esperar vivir otro año para acordarse de respirar.

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