TÚ CONOCES NUESTRAS NECESIDADES

Tus necesidades- Imagen pública
Tus necesidades- Imagen pública

por: Emanuel Bravo Gutiérrez

 -¿Entonces qué?

-¿Qué?

-¡No te hagas pendejo!- gritó Rafael

-No mira, si quiero hacerlo, ya no nos queda de otra, mira que mi mujer ya  me presiona con el dinero, si supiera que…

-¡Ya! ¡Ya sé! No creas que a mi tampoco me duele , que la conciencia nos mate después. Pero como dijiste “ya no nos queda de otra”

-¡Pero es el santo del pueblo!- gritó Francisco

-¡Shh! ¡Callate cabrón! ¡Disimula! Hay que hacer todo lo posible para que no nos cachen. Mira, son $30000, quince tú y quince yo. El señor Herrera nos espera en la noche.

-¿Y para que quiere al santo?

-Yo que sé. A la gente rica le gusta coleccionar cosas antiguas…

-Pero San Francisco no es ninguna “cosa antigua”

-¿Cómo de que no cabrón? ¡Está desde que fundaron el pueblo!

-Bueno, yo decía que él no es una cosa

-Ya empezamos otra vez con tus jaladas. ¿Me vas a ayudar si o no? No te voy a andar rogando. ¡Tú! Tú necesitas el dinero ¿sí o sí? O si chistas otra vez me consigo a otro, ya te dije porque eres mi compa, sino le digo a Diego que él es más aventado para estas cosas

-Bueno ¡Ya! sólo… en la noche a las 2:30 ¿verdad? 

-Sí, junto a la casa de Doña Martha, ella se acuesta temprano y no podrá vernos, la ñora ni oye

-Bueno hasta en la noche

“Pues ya que, hecho, hecho está” pensó Francisco, ¿pero que más podía hacer? no le habían pagado en la maquila ¡pinche viejo! pero bien que el jefe se encargaba de ver que el dobladillo se encontrara bien cosido, que deshebraran bien los chalecos, y si encontraba tres hilitos, patitas a la calle. Sí, no había otra opción, y al cabo que las iglesias están llenas de santos, a lo mejor y no le afecta que le roben uno, han de guardar mucho dinero y seguro les alcanza para comprar otro. 

-¿Qué tienes amor?- preguntó Catalina mientras le rodeaba el cuello con los brazos -Estás sudando 

-Nada mi cielo… nada, mejor vamos a dormir- balbuceó Francisco, tomó el dorso de la mano de su esposa, es tan liviana, pero ya está bien áspera, tanto detergente le estaba causando estragos en su piel que era tan suavecita cuando era niña, él le depositó un beso -Buenas noches, ya tengo sueño-

Se voltea, no puede domir, mira las vigas del techo, las telarañas que siempre cuelgan en las esquinas como gastados retazos de cortinas plateadas al brillo de la luna que se cuela de la ventana. Ve el espacio vacío que dejan sus pocos muebles, fija la vista en ese vacío tan profundo, y por un momento, tan inmenso. “Quince mil pesos” pensó como quien construye utopías “quince mil pesos” repitió la cifra fabulosa dentro de su imaginación ilimitada “le compraría el uniforme a Pepe y dos pares de zapatos para nosotros, a Catalina seguro le emocionará saber que si nos alcanza para comprar las zapatillas que vio en la tienda. Sí, y le podremos pagar a Doña Martha lo que le debemos…” siguió hilvanando demás proyectos pensando en las tantas posibilidades que le aseguraba tal cantidad. No dormía, soñaba. La cerrteza de éstos le dio un valor inusitado, suficiente para salir de la cama. “Pues ya será lo que Dios quiera”

 -Pensé que ya no ibas a venir- susurró Rafael mientras un ligero vaporcillo blanco como llama de algodón salía de su boca

-A huevo canijo- río Francisco, su actitud sorprendió  a Rafael

-Así me gusta chihuahuas- 

El plan era fácil, había en la parte posterior de la iglesia un gran mezquite viejo y fuerte. Una de las ramas principales daba a los vitrales de la nave. Estaba de tal manera que tentaba al ladrón, como si la naturaleza fuera también cómplice. Subieron sigilosamente, sus aún jóvenes cuerpos tenían suficiente flexibilidad para colgarse de las ramas.

-Francisco, dame la cinta canela

-Aquí está-

Rafael colocó bandas en la superficie del vitral 

-Apartate- Rafael tomó vuelo con el mazo y ¡zas! el vitral se fracturó en varios fragmentos sin que estos cayeran e hicieron ruido. Francisco sacó una bolsa negra de basura de su gastada mochila, en la bolsa depositaban los cristales coloridos. Era una tarea silenciosa, limpia, como desmantelar las alas de una mariposa gigantesca. Cuando retiraron lo suficiente ataron la bolsa y la colgaron sobre una rama. Hicieron un nudo en una de las varas de hierro con un mecate. Soltaron la cuerda que cayó con un ligero eco.

-¿Bajas primero?- le preguntó Rafael

-Pues ya que-

-Ten cuidado con los otros trozos de vidrio

Francisco bajó lentamente al interior de la iglesia. Sus manos se protegían del roce del mecate con guantes de jardinero. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete metros descendió. Francisco era el de menor peso y por ello bajó primero, Rafael era menos delgado pero más ágil y bajó rápidamente. Le hizo una seña a su amigo para que lo siguiera. 

La mamá de Francisco le había contado una mañana un cuento muy curioso, era sobre un joven que le robaba a la Virgen sus ajorcas. Entonces Francisco era un niño de cuerpo menudito, oía impresionado como las estatuas despertaban para proteger a la Virgen, todo cobraba vida y el ladrón terriblemente asustado se sumergió en las aguas de la locura por haber contemplado tan gran prodigio. Y ahora él, en la gigantesca nave que oscilaba de dimensiones debido a la luz de los cirios al ritmo de la respiración de una bestia antigua. Los dos ladrones eran un par de Jonás encerrados en el estómago de la ballena. Las santas con miradas atemporales contemplaban de una manera macabra y dulce al par de intrusos. Los santos de mirada severa se reclinaban sobre sus pesados nichos con el mismo gesto del juez inexpugnable. Y las vírgenes, hasta parecía que les dolía que les fueran a robar a su más preciado huésped. La gigantesca pintura del arcángel Miguel se les presentó con el poder de una revelación, el divino ser armado luchando con ese gigantesco monstruo, con esa serpiente antigua, el malvado ser que había contaminado la Tierra de dolor y sufrimiento se hundía en las aguas del abismo para siempre junto con aquellos que lo siguieron… el peso de tal maravilla les hizo desviar la mirada, les dolia contemplar aquella visión, y el gesto de Dios que inclemente enjuiciaba a la Bestia para toda la eternidad, una eternidad de dolor infinito.

En la oscuridad se hallaba San Francisco. Ahí estaba él apenas iluminado con unos cuantos cirios. Su negra túnica era de seda, el cordón brillaba como una seráfica serpiente. 

-Vamos, hay que levantarlo- indicó Rafael

Les sorprendió su peso tan ligero, no pesaba más que un niño. Lo fueron cargando hasta el lugar donde descendieron. Brillaban en el suelo las astillas rotas de vidrio con  resplandor de ignotas estrellas.

-Yo subo primero, lo atas y después yo lo subo- 

-Está bien- dijo resignado Francisco

Rafael subió con poderosos movimientos de espalda, sus brazos temblaban. Cuando llegó arriba le tiró a Francisco una bolsa con hule espuma. 

“Perdóname Dios, perdóname San Francisco” susurró “Pero mira, está bien dura la vida y el pinche viejo no nos pagó. Tú ves desde los cielos que yo siempre fui honesto, desde chamaco no me ha gustado hacer maldades, siempre trabajé, nunca le quité nada a nadie, a pesar del hambre que a veces sentía en la panza. Y bueno, con esfuerzos pues la vamos llevando. Mira Dios, somos muy pobres y ya sé que no es justo hacer esto, pero el mundo nos llevó a hacerlo. Necesitamos el dinero para salir adelante. Doña Martha cada vez le sube más el interés a lo que le debemos, y ya no tenemos con que pagarle, trabajo un montón y si pudiera trabajaría más, pero ya ves que mis fuerzas ya no dan para tanto, y para qué si ni nos pagan. Ya sacamos a Pepe de la escuela porque no le pudimos comprar el uniforme y Catalina apenas si saca con lavar ajeno. ¡Tú nos ves! ¡Tú sabes! ¡Tú conoces nuestras necesidades!” gritó sólo con el pensamiento, rabiaba y la impotencia se apoderaba de sus miembros, ya no aguantaba, ya estaba harto, pero tenía que ser fuerte una vez más, y sin embargo, no podía, las lágrimas inundaban sus ojos negros. “Nuestro Pepe salió bien listo” trató de sonreír “y cuando se licencie de abogado te lo traigo a la iglesia, y como ya vamos a tener dinero te damos siete veces lo que te quitamos, te lo juro, y te hacemos fiesta cuando sea tu día” río timidamente ante tal posibilidad, deseaba que el santo sonriera,  le guiñara el ojo, que aprobara el proyecto, pero no. San Francisco lo veía a través de sus ojos negros cristalinos, en la superficia pulida reflejaba el juguetón brillo que producía una llamita de cirio que inpiraba  el efecto íntimo de vida.

“¿Porqué me habrán puesto Francisco?” pensó.  Y poco a poco llegó a la conclusión de que su nombre lo había sentenciado, que obedecía a una fuerza superior. Este falaz pero también terrible pensamiento le dio un poco de valor. Cubrió a la figura con la esponja y después lo metió dentro de la bolsa, todo esto para que no se despostillará. Lo ató bien y poco a poco el santo ascendió por los aires una vez más. Luego fue el turno de Francisco. Se elevó con la torpeza de un pichón que aprende a volar.

Bajaron del mezquite. Entre las nocturnas tinieblas divisaron a Don Herrera. Llegaron con el santo a cuestas, con el cuerpo cansado y con un ligero sudor frío que les recorría la frente. Herrera era un hombre gordo y rabicundo, vestía de negro y sólo su tez lo permitía distinguir. Èl se encontraba delante de una camioneta roja. 

-Ya está aquí, Don Herrera-

-Sí muchachos, Galicia dales el dinero

Un hombre alto, de unos treinta años, salió de la camioneta. Les entregó un paquete de billetes. Rafael los contó.

-¡Oye, tú nos dijiste que iban a ser treinta mil y aquí sólo hay veinte!

-¡Ey, tampoco te me pongas al tiro! ¿Lo quieres puto? O si no te ves con Galicia

-¡Cabrón!- gritó Francisco cuando vio a Galicia interponerse entre ellos y Herrera

-Miren perros conformense con esto. ¿O qué quieren? ¿Qué llame a la policía y les diga que acaban de robar la iglesia? Ya tengo el número marcado en el celular ¡Uy! ¡Cuándo se entere el pueblo los linchan, no se la acaban!

Se hizo un pesado silencio que amargaba el aire. Rafael y Francisco sintieron que les entraba una lanza en el pecho y en la garganta que poco a poco les arrancaba las víseras, el sabor de la sangre, el sabor de la bilis. Perdieron la fuerza y fueron en ese momento conscientes del acto que acababan de cometer, dimensionaron todo el peso de las consecuencias que se abrían ahora ante sus miserables pies. ¿Tan poco valía su fe? Herrera vio cumplido su objetivo, sonrió revelando sus tres dientes de oro y encima su bigote entrecano, sus mejillas gordas y llenas de marcas de granos. Necesitaba rematarlos, darles el tiro de gracia.

-Galicia mira a estos pobres diablos. Ni a Dios respetan. Vender a San Francisco. Pinches perros, además de muertos de hambre se ponen en plan de dignos, nada más dan lástima. Putos, me dan asco. ¿Qué insinuaban al pedirme más? ¿Qué mierda tenían en la cabeza? Todavía que les pago, les doy de comer, porque ni para tragar tienen, ¡Ja! se ponen contra el jefe, ¿ahora que gallitos? ¿No qué muy cabrones? ¡Ja! Apuesto a que pondrían a sus madres al servicio de cualquier postríbulo si pudieran sacar un poco de varo con ello…- los insultaba, los humilló, les escupió en la cara con esas palabras que dolían como hierro ardiente y que marcaban a sus desdichados espíritus.

 – Súbelo- le ordenó a Galicia cuando vio que ya habían tenido suficiente, cuando estuvieron indefensos como niños y su piel se encontraba marcada, profundamente lacerada.

En la oscura noche la camioneta se llevó a San Francisco apresado en un ataúd de metal que se movía con un tambaleo de bestia cansada. 

Catalina se puso muy feliz al saber que “el jefe de Francisco les había adelantado el aguinaldo”. Comerían pollo enchilado en la Cena de Navidad, invitó a Rafael, a Doña Martha (ya habían terminado de pagar la deuda) y a don José con su familia. Dios los había bendecido tanto en ese año.

En el pueblo se enteraron del robo. Maldijeron las almas de los ladrones que ya no tenían respeto por la Casa de Dios. “¡Robarle a Dios! ¡Ya no hay temor por  la Justicia Divina!” proclamó el sacerdote desde su púlpito en la misa de Nochebuena. 

Ya eran casi las diez.

-¡Ya a comer!-gritó Pepe

-No mijito, primero hay que dar gracias- regañó Catalina a su hijo -Pancho, comienza con la oración-

Todos los que estaba sentados en la mesa cerraron firmemente los ojos. Francisco alzó la voz.

-Dios, esta noche nos reunimos en esta mesa para compartir estos alimentos. Gracias por darnos la vida y salud. Gracias a la Virgen por mi familia y gracias a San Francisco, por pagar estos alimentos. Amén.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s