Alejandría - Imagen pública

Mi propia, privada, Alejandría

Lisboa - Imagen pública
Lisboa – Imagen pública

por Jorge Arturo Soria

Algún aforismo previo que me viene a la mente: de destrucciones y construcciones está hecha la historia. La pública, sí, pero esencialmente aquel relato de los intersticios que es la vida privada. Reviso algunos artículos sobre el Terremoto de Lisboa de 1755 porque aquí me trajo la casualidad. Recuerdo. Para el viajero que se sienta a leer en el puerto, frente a la Praça do Comércio, resulta difícil y terrible imaginar, en medio de la serenidad de una tarde acompasada por el tintineo del tranvía, la potencia de las aguas oceánicas replegándose hacia el interior y dejando al descubierto, bajo la profundidad, los restos de naufragios y cargas perdidas, seguramente en los siglos de los grandes descubrimientos, mientras Lisboa se desmoronaba sobre sus siete colinas, como una mujer que muere de fiebre entre siete almohadas perfectamente inútiles para su salvación. Y con Lisboa se desmoronaban los palacios manuelinos, y los conventos, y el Terreiro do Paço se venía abajo con sus pinturas y sus azulejos y su inmensa biblioteca que ya nunca, nunca volverá (Lisboa, antigua y señorial, a ser morada feudal, a tu esplendor real…).

Me gusta la imagen y me conmueve: tesoros y naufragios salen a la superficie, pero su revelación en medio del terremoto no es un prodigio sino una imagen de horror, aunque, ¿quién ha dicho que el prodigio no es, no digamos también horror, sino necesariamente horroroso? Mientras pienso estas cosas, como un barco ebrio que busca alguna dirección, coloco frente a mis ojos el mapa de Lisboa en el Civitates Orbis Terrarum de 1572, y publicado nuevamente por Taschen en una preciosa edición con estuche para gente frívola como yo, que hojea sus libros nuevos con guantes y cubrebocas para no ensuciarlos. Nada hay de aquella Lisboa que pueda mirarse ahora desde el teleférico. Aquella Lisboa se ha ido y no volverá, su añoranza es la saudade que, me aventuro a pensar, vino por primera vez incrustada en los maremotos que acabaron de destruir la ciudad luego de los incendios, de las réplicas sísmicas y del horror, por supuesto, porque el miedo destruye tanto más que cualquier desastre natural, quizá porque en sí mismo, el horror es un cataclismo. Y sin embargo, quedó algo de aquella Lisboa en un mapa antiguo, y en los libros, que guardan la memoria de otros libros y otros textos no precisamente librescos, como las pinturas de Tiziano en el palacio de los reyes lusos, que ya sólo puede uno imaginar, de noche, por supuesto, antes de dormir, si le da la gana, en esas horas que no se destinan sino para pensar en los hubieras, en lo que podrá ser, en lo que se ha ido.  

Horror. Destrucción. Incendio. Biblioteca. Lentamente se desgranan las palabras, el barco parece tener alguna dirección, pero antes de atracar en mi puerto se asoma al puerto de Alejandría. Así es la mente de vez en cuando: viajando sola corre el riesgo de llegar a lugares insospechados. Pienso en nuestro cerebro como un orbe astral laberínticamente arrugado, donde cada neurona es una ciudad y una estrella.  A veces, esas ciudades no tienen nombres que alguien fuera de nosotros pueda reconocer. Y, a veces, las ciudades de nuestro cerebro tienen el mismo nombre de las ciudades terrestres, aunque de esas veces, unas no son exactamente las mismas ciudades, y otras sí.

Oscuridad craneal. Oscuridad nocturna. Sinapsis. Luz. Mediterráneo. Faro.

Alejandría - Imagen pública
Alejandría – Imagen pública

Entre los tesoros que la humanidad perdió sin disculpa alguna, están, por supuesto, los códices mesoamericanos que quemaron los españoles, muchos de ellos en el Auto de Fe de Maní de 1580 (había que decirlo antes, por el puro hábito gustoso de destruir el eurocentrismo, aunque por cierto las presentes divagaciones pecan de eso mismo) y también, cómo no, la Biblioteca de Alejandría. Y con esto que digo hagamos de cuenta que los que se escandalizaban de la brutalidad de un dictador que quemó una Biblioteca para asegurarse una ciudad, volvieron a repetir lo mismo con los Otros. Y al hacerlo a los Otros, se lo hicieron a sí mismos. Aforismo: la historia es una repetición, en lo público y lo privado, de la destrucción de la memoria.   

Se dice que, entre los tesoros perdidos en la Biblioteca, estaban las Pinakes de Calímaco de Cirene, un catálogo comentado de todas las obras contenidas en la institución erudita que, técnicamente, estaba conformada por dos Bibliotecas: la principal de las cuáles fue destruida por el incendio involuntario de Julio César, y la segunda, la del Templo de Serapis, lentamente corroída por las guerras de religión y el espolio y las ventas oportunistas  (podríamos hacer una teoría de la destrucción de las Bibliotecas: las bibliotecas que, por ejemplo, acaban malbaratadas en alguna librería de viejo en la 4 Norte, o en el bazar de algún mercachifles en Jerusalén, que para el caso es lo mismo, y el otro gran conjunto que es alimento de flamas, por accidente, o por infame e inflamable consciencia de sus agentes, como las grandes bibliotecas de Mesoamérica, o las destruidas por el emperador Qin Shing Huan en China, para eternizar su memoria sobre el olvido de sus antecesores, aunque en realidad perpetuaba la disolución de su imperio, y la de su propio cerebro bebiendo mercurio y quemando libros).

Pinakes, tablas, es una palabra con connotación más bien pictórica (recordemos que la pintura en la antigüedad era sobre tabla, cual los retratos de El Fayum) pero Calímaco tuvo la virtud original de trasladar la metáfora pictórica hacia el comentario textual: hablar de libros, creaba, al mismo tiempo, una imagen de los libros. Su catálogo razonado de la Biblioteca de Alejandría era, pues, al mismo tiempo, una galería imaginaria de pinturas al temple. Y, sin embargo, ni el catálogo sobrevivió. Si tan sólo hubiese sobrevivido el catálogo-galería.

Biblioteca de Alejandría - Imagen pública
Biblioteca de Alejandría – Imagen pública

Estas cosas tontas me atormentan de vez en cuando, porque en el fondo, me atormentan algunas más íntimas.

Cuando tenía quince años, escribí doscientos poemas para un amor prohibido, porque todo amor no correspondido es, casi siempre, un amor prohibido. Eran, seguramente, poemas de mala factura pero constituían mi hilo de Ariadna en uno de los descubrimientos fundamentales de la vida adulta: el deseo. Testimonio y cartografía de la intimidad, nuestros diarios, poemas y malos cuentos son, casi siempre, los evangelios que relatan eso que percibimos como el milagro de estar.

Y, sin embargo, cuando mis poemas fueron descubiertos, decidí destruirlos. Uno, a uno, a los impresos los hice pasto de llamas, y a los virtuales, alimento para la papelera de reciclaje. No sobrevivió ni la lista. Recuerdo los temas de algunos, los mejores tal vez, que nada tenían de erótico: la descripción de un retrato de Mariana de Austria pintado por Velázquez, una imitación de Carmina Burana utilizando como referencias las tabernas de aquella primera juventud, uno que describía el Concierto de Aranjuez, un par de reseñas de los libros comprados en aquel tiempo y que ahora probablemente no tengo. Satisfecho entonces, ahora me remuerde la pérdida, ¿qué sentía aquél que fui? Y, sobre todo, ¿cómo lo sentía?

Biblioteca íntima - Imagen pública
Biblioteca íntima – Imagen pública

Uno reproduce en la vida íntima los grandes acontecimientos del mundo, que son grandes precisamente porque quienes los vivieron en la intimidad, luego, por azar, se han vuelto ilustres. O bien lo eran mientras vivían. Entretanto, escribo de vez en cuando las Pinakes de mi incipiente biblioteca actual, en espera de hallazgos para después, o pinto, si es posible, imágenes que me asaltan de pronto: imágenes absurdas, por ejemplo, como las de dos ciudades dispares que se vuelven una sola en la memoria. La Lisboa que conozco, reconstruida en su destrucción, restituida en los libros y las pinturas perdidas en un terremoto cuyo primigenio horror conozco del mismo modo; y la Alejandría que no conozco, pero que añoro, porque todos hemos perdido bibliotecas preciosas, las que juntamos en bazares de libros pacientemente, o las que escribimos y de las que luego abjuramos, por los cataclismos personales que son el pudor y el miedo. Nuestras propias, privadas, Alejandrías.

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