Laberinto mortuorio

por Emanuel Bravo Gutiérrez

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Nadie elige como nacer, pero de alguna manera, uno siempre elige la manera en la que va a morir… o al menos así era hace un par de siglos. 

Todo inició cuando los científicos anunciaron la invención de un extraño mecanismo que lograba transmitir sensaciones a partir de sensores; desde el sabor de una fruta hasta un orgasmo. Pero la fascinación que produjo tal invento fue llevada al límite morboso de la muerte. Así es, se logró compartir de un cuerpo a otro la sensación de morir.

El aparato contaba con un procesador que extendía en dos secciones una serie de largos neurotransmisores, unos para el paciente terminal o el condenado a muerte y el otros para el sujeto que quería experimentar la sensación. Las pulsiones nerviosas eran codificadas a partir de impulsos eléctricos de magnitud diversa y después eran replicados sobre el usuario, el mecanismo no poseía una memoria debido a que los códigos de la muerte son distintos en cada usuario e irrepetibles en cada sesión. Su uso era sencillo, práctico y sobre todo; limpio. Sólo requería un poco de paciencia, pero después de un par de años se avalaron los estatutos fúnebres para hacer más rápido el proceso, el uso de inyecciones letales y descargas eléctricas fue casi generalizado.

Morir… morir era una sensación traumática, pero con el uso de estos aparatos uno aprendía a morir, sentía cómo sus órganos se detenían, renunciaban a la costumbre de la vida y poco a poco se abandonaban al sueño perpetuo. Por medio de estos simulacros fúnebres aprendimos que morir era algo parecido al orgasmo, que la eternidad lo invade a uno como un ejército de luciérnagas, que los pulmones se rinden primero porque no son capaces de albergar en sus bóvedas el aire de lo eterno. Descendían los latidos y frenaban su trote de caballos desbocados, se derretía la piel en un millón de calambres, de escalofríos dramáticos de dolor de agujas. Nuestra alma era engañada con el juego mortuorio y, por un momento, percibimos cómo la vida era engañada por estas mascaradas eléctricas. 

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Ya no le tuvimos miedo a la muerte y por ende le perdimos el respeto a la vida y al cadáver de la víctima. Después del proceso se desechaba el cuerpo como una cáscara de naranja. No queríamos su vida, no queríamos su cuerpo, su opinión o su trabajo era irrelevante, queríamos adueñarnos de algo más sagrado, queríamos adueñarnos de su muerte.

Es una obviedad decir que nos volvimos adictos a la sensación de morir. A cada hombre le es dada una muerte desde que nace, pero nosotros nos apoderamos de todas ellas. Algo que nació como una curiosidad científica que le competía más a médicos se convirtió en un éxito comercial abierto a todo aquel con dinero suficiente. Las sumas eran elevadas así como las libertades que les permitieron.

Fue entonces cuando las compañías construyeron los grandes edificios encaminados a almacenar estos procesadores. Eran edificios con cientos de cabinas pequeñas y blancas, cada una contaba con un procesador, una cama e inyecciones letales, tenían además bodegas donde almacenaban instrumentos de tortura. Los locales eran atendidos por señoritas amables, jóvenes y de buen aspecto. Llegas al recibidor y pagas la cuota fijada, eliges a la víctima que en algunos casos también es llamado “donante”, generalmente ancianos o enfermos, pero también había gente joven y sana, había incluso niños porque hay que acotar que la muerte de un niño es distinta a la de un anciano, la de los jóvenes es más intensa, más repentina y por ende más cara.

Me podrían preguntar quiénes eran los donantes, y lo diré: eran anónimos, generalmente pobres, indigentes, el fondo de la sociedad pero también uno puede vender su muerte y el trato sería más íntimo. Vender la muerte era la solución desesperada para los hombres llenos de deudas que no querían dejar desamparada a su familia.

Después de la elección se nos lleva a la habitación, cruzamos los pasillos blancos como leche, como huesos, silenciosos como tumbas, valga la comparación. Eran laberintos mortuorios, espacio frío e impersonal, no parecía un laberinto hecho por mortales o no por mortales cuerdos. 

Un par de hombres traen al donante, le ponen la inyección letal y nos colocan los transmisores en las sienes y en el pecho, se enciende el procesador. El momento en que la víctima te ve a los ojos es terrible cuando es la primera vez, pero nos acostumbramos. ¿Cómo podría calificar la mirada del hombre a punto de morir? La verdad es que no lo he pensado mucho, la indiferencia nos ha llevado a sortear detalles parecidos.

Después de la inyección sigue el proceso de la muerte, algunos se retuercen y gritan, depende de la víctima y de la sustancia inyectada, depende más que nada del cliente, algunos elegían el dolor insoportable, algunos el sopor tranquilo y es comprensible cuando pensamos que después de un día de estrés lo único que queremos al final del día es una muerte tranquila y unos segundos de eternidad.

Al final del estallido conteníamos la respiración y moríamos, o mejor dicho, otro moría por nosotros. Dormimos un par de horas y después salimos del local satisfechos. Después de ir tantas veces he olvidado el rostro de los donantes aunque el hecho sea tan significativo como hacer el amor, al cabo de tantas repeticiones la muerte desgasta su sentido y por lo tanto su peso. He muerto tantas veces que no puedo contarlas aunque creo que mi tarjeta de crédito tiene un historial donde registra el número de visitas a los locales.

He pensado un poco, quizá hemos cruzado una frontera sagrada, un límite sin retorno. Pero no lo sé con seguridad, quizá el éxito comercial de la muerte se debe a que nosotros ya estábamos muertos en vida y morir sea un medio para sentirnos vivos.

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Un pensamiento en “Laberinto mortuorio”

  1. Es un cuento para mi gusto hermoso , reflexivo…bueno algo mejor que eso. No cabe duda que ser literato tiene su chiste jajaja. Sigue así Emmanuel llegarás lejos y sino al menos deleitaras con tus escritos a mucha gente con buen gusto.

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