Algunas notas sobre Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas

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por Diego Alexis Casas Fernández

¿Quién envía a esos hombres?

No lo sé

EVM

Marcelo, rastreador de escritores del No, comienza a escribir ochenta y seis notas a pie de página de un libro invisible mas existente, el 8 de julio de 1999. Al año siguiente (2000), el libro Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas se publica en toda Europa. Tanto Vila-Matas como el año 2000, son puntos de encuentro: los dos abren puertas a un nuevo enfoque literario.

La idea en Bartleby y compañía es sensata: aquellos artistas que por alguna no tan extraña razón, quizá porque se les ha muerto un tío Celerino, han dejado de escribir, optando por el silencio. Eso y nada más. La creación vendrá en silencio.

El interés por la vida y no tanto por la obra de los “escritores”: aquellos hombres enigmáticos que gustan de pertenecer a la región del silencio. Seres misteriosos, pero con afanes creativos complejos.

En el ensayo Bartleby o de la contingencia, Giorgio Agamben habla de la creación desde el silencio, buscado desde tiempos remotos por las civilizaciones clásicas; conducirse en el silencio y regresar a la Potencia del pensamiento creador. Menciona Agamben, hablando de las ideas aristotélicas:

“Toda potencia de ser o de hacer algo es siempre, de hecho, para Aristóteles, potencia de no ser o de no hacer. El pensamiento existe como una potencia de pensar y de no pensar.”(Agamben 2005: 98) El acto de crear más allá aún del mismo hacer, digamos, en un orden material.

He ahí que a Vila-Matas le atraigan los “ceros a la izquierda”, la vida misteriosa y enigmática de éstos, acallados por el mismo placer de callarse: callarse para poder crear.

Replantear la idea ya tan trillada de lo que el escritor, el autor y la obra son, y qué función tienen- si es que la tienen- dentro de la literatura. Esto es por lo que propugna la poética vila-matiana. Preguntarse nuevamente por lo que es la literatura y todo lo que ésta lleva consigo, en estos tiempos malhadados. En fin, replantear la concepción del acto creador, a través del silencio. Todo esto a partir de la misma literatura.

Octavio Paz ha dejado dicho que el avanzar al silencio es regresar a la palabra poética; al “centro vacío, pero siempre fructífero, que es el no”, como mencionara el mismo Melville, creador de aquel enigmático hombre, Bartleby. Asumir como tal a la palabra poética y escuchar su estruendo en el abismo en el que vive: de ahí volverá a salir renovándose cual ave fénix. Creándose y creando.

Enrique Vila-Matas

El síndrome Bartleby (es ocioso repetir que este nombre proviene de la noveleta de Melville, Bartleby el escribiente) ataca, de algún modo, a los hombres de letras de estos nuestros aciagos días, sin dejar escapatoria; sin embargo, no se ha dicho todo en la literatura, aunque el No aparezca como una pesadilla:

“Todo esto [lo dicho por Elizondo, citado a la vez por Vila-Matas] puede aplicarse a la aparición del mal en la literatura contemporánea, pues la enfermedad no es catástrofe sino danza de la que podrían estar ya surgiendo nuevas construcciones de la sensibilidad” (Vila-Matas 2000:123)

No todo está perdido. La literatura del No abre una perspectiva diferente para mirar hacia las letras contemporáneas.

Escribir notas al pie, que a la vez dan forma a un texto invisible, mas no inexistente, y que auto-construyen la idea de desaparición de la misma obra; esto es lo que Vila-Matas presenta como novela leída cual ensayo ficcional, o ficción con aliento ensayístico, o cualquiera que sea su género. La hibridez atrae, y anuncia “lo nuevo” en la literatura escrita en nuestros días.

Notas escritas por alguien del que se desconoce su identidad, digamos, real (si aún podemos ser ingenuos a estos términos), y del que sólo se sabe su nombre: Marcelo- el escribiente- como todos los que solemos adorar a las letras malditas y ¿expresarnos? (qué es lo que hay que expresar) a través de ella.

Enrique Vila-Matas idealiza al escritor perfecto como aquel que sucumbe al silencio para poder crear, y seguir siendo grande, tal como lo hizo Tolstói:

“En la fría oscuridad que precedió al amanecer del 28 de octubre de 1910, Tolstói, que contaba ochenta y dos años de edad y era en aquel momento el escritor más famoso del mundo […] emprendió su último viaje[…] Había renunciado para siempre a la escritura y, con el extraño gesto de su huida, anunciaba la conciencia moderna de que toda literatura es la negación de sí misma”. (Vila-Matas 2000:179.

La poética vila-matiana propugna por el replanteo de la concepción del acto creador: el arte por el arte, y si es necesario callar, el mismo artista lo hará. El que desea seriamente crear, debe abandonarse al silencio y olvidar las palabras. Crear y callar, negarse a seguir siendo un copista más de la musa infiel, diría Beckett que hasta las palabras nos abandonan y que con eso queda dicho todo.

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