Cristina Rivera Garza-Especial

Los amantes del bosque boreal

El mal de la taiga-Especial
El mal de la taiga-Especial

Cristina Rivera Garza El mal de la taiga. Tusquets editores, 2012.

por Andrea Garza Carbajal

Hacia los confines del mundo, quizá un poco más lejos, los amantes avanzan. Es incierto hasta dónde es necesario llegar o si existe alguna finalidad; su marcha no se detiene, por cielo, mar, tierra… bosque, la taiga. El bosque boreal que limita con la tundra, de diversidad inexistente, territorio de coníferas, paisaje homogéneo, continuo y solitario. El refugio de los amantes, el lugar de la locura. Último reducto de la pasión, el frío de la taiga.

A las personas que habitan la taiga, dirá el hombre de la prominente manzana de Adán, la locura les hará caminar grandes distancias para tratar de salir del bosque, siendo imposible por la extensión y desorientación experimentada, produciendo que sólo se adentren más. Su esposa parece ser víctima de este mal, ha escapado con su amante sin establecerse en algún punto fijo, tan sólo alejándose hacia ese lugar incierto. Por ello encarga a una detective que la encuentre y traiga de regreso.

Un pasado de investigaciones fracasadas ha provocado que la detective, narradora de la historia, abandone su ocupación, convirtiéndose en escritora anónima de novelas negras tomando de inspiración los antiguos casos que jamás resolvió. Por ello aceptará con ciertas reticencias hacerse cargo del asunto, viajando a esta región acompañada de un traductor. En la cabaña que huele a muerte, la investigadora y el traductor duermen sobre el mismo colchón de plumas sucio en donde la pareja durmió antes, la detective puede imaginar a la mujer sobre el trampolín de la alberca en medio de la taiga y percibir a la pareja en la noria. Como si la presencia de los amantes pudiera sentirse a través de los lugares donde estuvieron, pero principalmente las imágenes aisladas del diario de la mujer son recreadas por la detective. Aún así, es difícil conocerlos o saber los alcances de esta pasión, su presencia es tan vaga como constante, algo que se siente intangible, a punto de esfumarse por el horizonte. Sólo un rastro de migajas dispersas o telegramas inciertos, cada vez más lejanos, cada vez más cercanos a la taiga.

Cristina Rivera Garza-Especial
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El mal de la taiga es el libro más reciente de Cristina Rivera Garza, publicado en 2012 por Tusquets editores. Al igual que otras de sus novelas, la narrativa no ofrece una respuesta simple, aunque la prosa no es complicada, las frases encierran ideas profundas que muchas veces no serán expresadas explícitamente y el lector deberá interpretar de forma reflexiva. Como se ha dicho en numerosas reseñas, la narración versa entre el thriller y los cuentos de hadas, encerrando una metáfora sobre la naturaleza de la pasión. Así, como explica uno de los personajes, cuando habla de los primeros relatos de Caperucita roja y Hansel y Gretel, “antes de que la lección moral se volviera un imperativo”, de la misma manera, sin los atenuantes de las versiones más modernas, en esta narración, crueldad, amor y pasión son representadas primigeniamente, volviendo el entorno de los personajes cada vez más irreal, ¿A quién le pertenece este cuento de hadas? 

Dispersa en el norte de Europa, Alaska, Canadá, Rusia… no podría decirse el lugar preciso donde la detective busca, el país de los amantes es incierto, un lugar de mito.  “Todos llevamos un bosque dentro” dirá la investigadora y en sus palabras conjunta las historias, no sólo de los amantes que sigue, también la del traductor, el esposo y ella misma, hasta llegar a los límites de la ficción o tal vez un poco más lejos.

Cristina Rivera Garza-El mal de la taiga-Especial
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El libro, además, adquiere un carácter visual y sonoro que rebasa la mera descripción. Los dibujos de Carlos Maiques, al igual que las melodías del playlist que se ofrecen casi al final, son una narrativa en sí que a su modo cuentan la misma historia. La historia de un mal. Así, adentrarse tanto al conjunto de estas tres narrativas como en su forma individual, podría provocar que la atmósfera gélida, incierta y mítica de la taiga haga sentir un poco más de frío y algunas ganas de echarse a caminar, de preferencia a algún lugar de coníferas o quizá hacia los confines, ¿de qué?, eso dependerá del lector.

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